Hay días malos. De esos en los que se junta todo, te falta aire y te sobra mundo. Pero luego están esos otros días —que ya no son solo días— en los que la tristeza se queda, como una humedad en el pecho que no se seca. No tiene nombre, ni fecha de caducidad. Y empieza a pintar de gris cosas que antes eran color.
No siempre es fácil identificar el momento exacto en el que pasas de estar «regular» a necesitar ayuda. Porque la vida va tan deprisa que a veces ni te das cuenta de que llevas semanas en modo supervivencia. Hasta que te paras. O hasta que tu cuerpo dice basta.
Este artículo nace de eso: de las historias que escuchamos a diario en nuestro centro de psicología en Granada. De personas que vienen con una frase en los labios que se repite como un eco: «No sé si esto es normal». Si tú también te lo has preguntado, sigue leyendo. Tal vez encuentres respuestas que no sabías que necesitabas.
Esto no es una lista de consejos: es un espejo
Aquí no vas a encontrar frases prefabricadas ni consejos de taza de desayuno. Te vamos a hablar claro. Con honestidad. Porque entender lo que te pasa no lo soluciona todo, pero ayuda. Y a veces, es justo lo que hace falta para dar el primer paso.
Vamos a diferenciar entre tristeza y depresión (spoiler: no es lo mismo). Te contaremos cuándo pedir ayuda psicológica no es una opción sino una necesidad. Y también cómo es, de verdad, un proceso terapéutico desde dentro. Sin filtros. Con sus avances, sus recaídas y sus pequeños grandes logros.
Porque esto no va solo de «mejorar». Va de volver a encontrarte. De dejar de sentirte tan solo dentro de ti. De que vivir no duela tanto.
Ponerle nombre a lo que te pasa: tristeza o algo más
La delgada línea entre una mala racha y un malestar enquistado
Estar triste no es estar enfermo. Es humano. Natural. Necesario, incluso. Pero cuando la tristeza se convierte en rutina, cuando deja de tener explicación y empieza a ocuparlo todo, es cuando conviene prestar atención.
No hace falta que se haya muerto nadie. Ni que te hayan despedido. Ni que hayas vivido algo traumático. A veces simplemente hay un vacío que se expande. Y una versión tuya que ya no reconoce nada de lo que antes te hacía bien.
Señales que no debes ignorar
- Las cosas que antes te ilusionaban ya no te dicen nada.
- O duermes demasiado o no pegas ojo.
- Comes sin hambre o ni siquiera recuerdas lo último que comiste.
- Estás en modo piloto automático.
- No te concentras. Te cuesta hasta elegir qué cenar.
- Sientes que no vales. Que estorbas. Que sobras.
- Piensas mucho. Sientes poco. Y llorar… ni eso.
No hace falta marcar todas las casillas para que algo no esté bien. Pero si algunas de estas frases te resultan familiares, tal vez no sea solo una mala racha.
Vale, me pasa. ¿Y ahora qué?
Hablar: lo más valiente que puedes hacer
Parece fácil, pero no lo es. Porque nos han enseñado a callar, a aguantar, a «tirar pa’lante». Pero la verdad es que hablar es el principio del cambio. Y no hablamos de contárselo a cualquiera. Hablamos de un espacio seguro, con alguien que sepa escuchar sin juzgar.
Poner orden en el caos: la evaluación psicológica
Una buena evaluación no es un test de revista. Es una herramienta clínica seria. Nos permite saber qué te está pasando, por qué te pasa, y sobre todo, qué puedes hacer para estar mejor.
A veces es depresión. Otras, una distimia. O una reacción adaptativa. Y muchas veces, una mezcla de todo eso. Lo importante es que hay nombre. Y por tanto, también hay camino.
Empezar la terapia: paso a paso, sin prisa pero sin pausa
La terapia no es magia. Ni un lugar donde te dicen lo que tienes que hacer. Es un espacio donde reconstruirte con calma. Donde aprendes a dejar de hablarte como tu peor enemigo. Donde entiendes que pedir ayuda no es un fracaso. Es una forma de volver a casa.
En nuestro centro usamos terapias basadas en evidencia. Cognitivo-conductual, principalmente. Pero lo importante no es el nombre, sino lo que pasa dentro. Y lo que pasa, si te dejas acompañar, suele ser transformador.
Porque el entorno también influye (y mucho)
Nadie se deprime en el vacío. Y nadie se cura solo. Lo que dicen (o no dicen) los que te rodean puede acelerar tu mejoría… o estancarla.
Por eso, cuando hace falta, trabajamos también con tu entorno. Para que entiendan que no se trata de «animarte» sino de acompañarte. Que no estás exagerando. Que tu dolor es válido. Que estás haciendo lo que puedes con lo que tienes.
Preguntas que tal vez te haces (aunque no las digas en voz alta)
¿Y si solo estoy siendo muy sensible?
Bienvenido al club. Sentir mucho no es una enfermedad. Pero cuando ese sentir duele demasiado, merece atención.
¿Y si me dicen que no es para tanto?
Entonces no lo entienden. Pero eso no invalida lo que sientes. Tu medida del dolor es la que cuenta.
¿Y si empiezo terapia y no me sirve?
Puede pasar. Pero también puede pasarte algo mejor: que te sirva. Y eso ya cambia todo.
¿Y si estoy roto?
Nadie está roto del todo. A veces estamos doblados. Pero se puede volver a enderezar.
Si algo dentro de ti pide auxilio, escúchalo
No, no es drama. No, no es flojera. No, no es «cosas mías». Es tristeza que no se va. Y eso, cuando se mira de frente y con ayuda, se puede transformar.
En Alborán Psicólogos, cada historia es distinta. Pero todas merecen el mismo respeto. Porque no se trata de curarte. Se trata de volver a sentir que puedes con tu vida.
Si algo dentro de ti te está diciendo que no estás bien, hazle caso. No estás solo. Y aunque ahora no lo parezca, hay salida.
Conoce nuestro abordaje especializado en depresión y estado de ánimo.

